miércoles, 5 de diciembre de 2007

Oratoria: VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES EN CHILE




En Chile, la Violencia de género, manifestada en las distintas formas de agresión y maltrato que viven las mujeres, es un fenómeno que ha comenzado recientemente a ser nombrado, reconocido y cuantificado. Sin embargo, se desconoce aún la magnitud real de esta violación a los derechos humanos de las mujeres. Los estudios y estadísticas disponibles son parciales y se refieren principalmente a violencia en la pareja.

Basta con “hojear” la prensa, para darnos cuenta del nivel de agresión física y sicológica de la cual están siendo víctimas cientos de mujeres en nuestro país. Una madre con 8 meses de gestación que fue quemada por su marido al interior de un auto, una mujer a la que le lanzaron agua hirviendo en el rostro mientras dormía o una joven muerta a manos de su pololo, que no podía aceptar el fin de la relación, es más que suficiente para horrorizarnos.
En nuestro país, según datos recogidos por Carabineros de Chile y la Red Chilena de Violencia Doméstica y Sexual, entre enero del 2001 y junio del 2007, han sido asesinadas más de 300 mujeres, la mayoría de ellas a manos de hombres con los que sostenían o habían mantenido una relación cercana. Ya sólo en estos 7 meses que van del año han sido 33 las víctimas. Pueden ser muchas más, sin embargo, no existen cifras certeras, ya que de acuerdo a la legislación vigente, el femicidio, no es considerado como un delito, y muchos de estos casos de agresión directa contra la mujer son vistos como homicidios, parricidios o incluso, como “actos pasionales desesperados”.
Para entender lo que significa este término muy en “boga” en estos días, hay que pensar en la expresión más violenta de abuso contra la mujer, resultado de la descalificación, hostigamiento y abuso sexual, violencia física o emocional como símbolo de poder masculino y de control de género. En este sentido, un factor clave para identificar que se trata de un femicidio, es la relación que existe entre la víctima y el victimario, que en la mayoría de los casos se trata de la propia pareja.
El término femicidio para referirse al asesinato de mujeres fue utilizado por primera vez por Diana Russell, al testimoniar ante el tribunal internacional sobre crímenes contra las mujeres, en Bruselas en 1976.
Se podría decir entonces que se trata de la máxima expresión del resultado que puede llevar la violencia intrafamiliar a la que son sometidas más del 50 % de las mujeres en Chile y que no se limitan precisamente a estratos sociales bajos, sino a todos.
Incluso hay cifras, otorgadas por el Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM), que hablan de un aumento en las denuncias por maltrato físico y sicológico en las mujeres de clase alta, que conformarían el 38% de las mujeres ABC1. Datos que aún se alejan de la realidad, ya que por muchas razones, son precisamente esas mujeres, las que más callan y soportan por años este sistema de violencia.



Patrones de conducta que delatan


“No son enfermos, son agresores, machistas, femicidas. Hombres que creen que las mujeres son de su poder y que pueden utilizarlas a su antojo”.
Se ha demostrado en los estudios sicológicos practicados a femicidas, que se trata de hombres completamente normales, sin problemas mentales y que incluso a los ojos ajenos, parecen ser verdaderos “algodones de azúcar”.
El femicida puede ser un hombre que en el trabajo es admirado, agradable, inofensivo y que demuestra tener una familia feliz, ser un buen esposo, incapaz de matar a una mosca, sin embargo, hay actitudes muchas veces invisibles a los ojos ajenos, que pueden dar indicios a la mujer que convive con él de que este hombre tiene un alto grado de machismo que le induce a pensar en que su mujer, sus hijos y todo lo que está a su alrededor es de su poder y que por lo tanto puede disponer como quiera de ellos.
Son conductas que, si bien se pueden dar más en una relación ya establecida como el matrimonio, se pueden visualizar también en el pololeo y que constituyen una señal de alerta para la mujer sobre conductas que delaten a los victimarios, hay que estar atenta en los siguientes casos:



 Si el hombre utiliza constantemente frases como “Eres sólo mía”, “No te quiero ver con otro”, “Antes de tomar una decisión me lo comentas”, entre otras. Son frases que dichas en un ambiente de “romanticismo”, pueden parecer inofensivas, incluso demostrativas del amor que este hombre profesa, pero que pueden ocultar una personalidad muy agresiva.

 Si este hombre empieza lentamente a alejar a la mujer de su familia, incluso poniéndola en su contra alegando que ellos no se preocupan de ella, que no la llaman, que no la visitan, que hablan a sus espaldas, etc. Es muy probable que incluso le oculte las llamadas o las veces que han preguntado por ella.

 Si la pareja demuestra celos excesivos cuando la mujer se acerca, aunque sea sólo a preguntar algo a otro hombre. O no le gusta que tenga amigos hombres y se siente agredido o engañado, cada vez que ella sale con un grupo que no lo incluya a él. Por lo general, son parejas que se enojan o de plano no dejan salir a sus mujeres mientras él no está presente.

 Si al estar pololeando este hombre demuestra conductas agresivas al intentar terminar la relación, amenazando directamente incluso con matarla. Es muy común que estos hombres adviertan mortalmente a sus víctimas, el problema es que, atendiendo al dicho “perro que ladra no muerde”, estas mujeres no hacen caso a dichas advertencias.


Hay que tener en consideración que muchos de estos crímenes son altamente crueles y que responden a episodios de furia extrema y no a patologías mentales. Muchas veces lo que detona estos actos se da por situaciones “normales” en una pareja, como por ejemplo, no querer acompañarlo a un determinado lugar o por reclamos sobre la hora de llegada.



¿Por qué solo legislar para la protección de mujeres, si ante la Constitución Política de Chile en su


art. Nº 1 todos somos iguales en dignidad y derechos?


A pesar de que los crímenes contra la mujer son más que evidentes, aún no existen las leyes y políticas gubernamentales que las protejan debidamente. Hoy en día la legislación impide denunciar directamente al Ministerio Público la violencia habitual contra el género, exigiendo que un Tribunal de Familia califique antes los hechos. Este requisito, que no existe en otro tipo de delitos, se ha transformado en una verdadera piedra de tope para encontrar justicia para las mujeres. Además es de conocimiento público que los tribunales están colapsados, por lo tanto las víctimas que se atreven a denunciar, pueden pasar meses conviviendo con el agresor en espera de una respuesta, y muchas veces ésta no llega a tiempo.
Actualmente, y producto de los últimos episodios de violencia contra la mujer, la Ministra del Sernam, Laura Albornoz, pidió que se les diera carácter de urgencia a dos proyectos de ley destinados a cambiar esta situación, que hasta ahora descansaban en los archivos. Uno, que otorga al femicidio la calidad de delito al igual que el parricidio y el homicidio y otro que permite acceder a este tipo de protección y denuncias a mujeres que no estén vinculadas con el agresor ya sea por el matrimonio o por tener un hijo, lo que permitiría incluso denunciar agresiones durante el pololeo.
Es necesario crear conciencia de lo real y fatal que es la agresión contra la mujer en todos sus niveles y de la importancia que los hombres tienen en este papel. “Es importante decir que no todos los hombres son femicidas, pero ellos también deberían levantar la mano y demostrarlo. Para ellos el tema siempre es por culpa de la mujer que provoca y ahí es donde hay que cambiar el enfoque.
Corresponde al Estado garante principal de estos derechos, adoptar una legislación pertinente e implementar medidas efectivas de protección para atender la violencia contra las mujeres como un fenómeno específico y transversal a la sociedad, que por mucho tiempo ha mantenido a las mujeres en condiciones de desigualdad y subordinación ante los hombres, creando las condiciones que producen, reproducen y justifican la violencia.
La violencia contra las mujeres constituye una grave violación a los derechos y libertades fundamentales de las mujeres, reconocidos en tratados internacionales vigentes en Chile como por la Constitución Política: el derecho a la vida, el derecho a la integridad física y síquica, el derecho a no ser sometidas a torturas ni tratos crueles, inhumanos o degradantes, el derecho a la libertad y seguridad personales, el derecho a la salud física y mental, el derecho a la participación política, el derecho al trabajo, el derecho a la educación, el derecho a formar una familia, entre otros, así como el derecho a vivir una vida libre de violencia.